LA HISTORIA DE MI ABUELO CAMILO PARTE 3 - LLEGADA A BUENOS AIRES, ESPIRITISMO Y MALOS TRATOS, FUGA DEL HOGAR - Por Javier Garin

 




Por Javier Garin





Al quedarse sola en Cuba, los días de mi bisabuela Pilar debieron ser difíciles, porque se hizo aficionada a la ginebra o al ron barato, al principio para relajarse y dormir, y luego a toda hora.

A mi abuelo no le gustaba hablar de estas cosas. Me costó muchas horas de conversación en su humilde cuartito poder arrancarle el fragmentario relato de estos hechos oscuros de su madre, que yo ya conocía a través de mi propia madre, pero no con detalle. Mi abuelo se explayaba con comodidad al hablar de toda su vida, menos cuando le dirigía alguna pregunta precisa sobre sus padres, o sobre su infancia antes de los once años, edad en que escapó para siempre del hogar.

En La Habana, mi abuelo siguió al cuidado de una nodriza hasta que Pilar terminó de amamantar al hijo del patrón, y entonces se le permitió llevarlo consigo e instalarse en una modestísima piecita de pensión. Ya era lo suficientemente crecido como para conservar algunos recuerdos del tiempo pasado junto a su mamá.

Era frecuente que mi bisabuela cayera en estado de postración por el alcohol cuando terminaba su jornada de trabajo. Al ser tan joven, ello no se notaba aún en su cuerpo, pero con los años iría tomando el aspecto desordenado y ruinoso y el carácter mezquino con que la conoció mi madre.

Entre los recuerdos cubanos más remotos de Camilo, figura el haber despertado más de una vez, por las noches, para espiar desde la puerta a Pilar y a tres amigas, dos de ellas mulatas o negras, practicando rituales espiritistas en la habitación vecina. Aquellas invocaciones debían hacerse con sumo cuidado, pues habían motivado las protestas de otros inquilinos y el llamado de atención del propietario. Pero sus efectos duraban, y Pilar caía en trance, y muchas veces Camilo despertaba en su lecho y la veía tirada en el suelo con los ojos en blanco y conversando con espíritus que solían visitarla en horas de la noche.

Manuel, entretanto, había conseguido establecerse en Buenos Aires, tal como le había prometido su hermano mayor, y era muy valorado en su oficio. Llegó a trabajar en los detalles finos de hermoso mobiliario para ricachones y de puertas, ventanas y revestimientos para edificios públicos. Mi abuelo me ha contado que trabajó en aberturas y muebles para el Congreso Nacional. Si bien el edificio del Congreso fue inaugurado en 1906, lo cierto es que no se terminó entonces y los trabajos continuaron a lo largo de una década más, con costos enormes y corrupción de contratistas y funcionarios incluida. Cuando visito el Congreso y admiro los fastuosos detalles en madera de su decoración, me gusta imaginarme que alguna de aquellas magníficas piezas ha surgido de las manos encallecidas de mi bisabuelo. Tal vez sea yo, hoy, la única persona que recuerda su existencia en el mundo, pero el fruto de sus manos sigue allí, sobreviviéndolo.

Se puede pensar que un artesano tan experto ganaría muy buen dinero, pero no es así. Abundaban en esa época los inmigrantes italianos y españoles, con grandes conocimientos en las artes de la construcción y la decoración, y por ello mismo no eran remunerados como se merecían. Quienes se llevaban la tajada de las obras públicas y privadas no eran los trabajadores recién llegados al país, desesperados por ganarse el sustento.

Sea como fuere, logró reunir los pesos suficientes como para pagar al fin los pasajes de su mujer e hijo, aun cuando costó que Pilar se decidiese a viajar.

Mi abuelo tenía más de cuatro años cuando arribó a Buenos Aires. Durante todo el viaje no hizo más que preguntar por su padre. Al llegar al puerto y descender por la explanada del buque con el niño en brazos, Pilar se asustó por la multitud de desconocidos que aguardaban a sus familias. En aquellos tiempos era muy común que los recién llegados e incautos cayeran en manos de los peores estafadores y tratantes de personas. Los matrimonios por poder, entre desconocidos, que solían celebrar muchos inmigrantes residentes en el país con mujeres de sus tierras natales que querían emigrar para huir de la miseria europea, contactadas a través de familiares por correo, con intercambio de fotografías, concluían muchas veces en una espantosa esclavitud, cuando los proxenetas se hacían pasar por el marido o utilizaban este ardid para capturar jovencitas y llevarlas engañadas a los prostíbulos. En los anales judiciales de la época también era frecuente que algunos hombres se dedicaran a usurpar la identidad del marido desconocido y poder así tener una luna de miel gratuita con una bella joven recién casada: hay muchas denuncias de este tipo de fraude o violación que hoy nos parecen increíbles o descabelladas, pero ocurrieron, y con mayor frecuencia que la imaginable.

Así que Pilar, temerosa, aguardó sin poder divisar a su marido. Por un instante dejó a Camilo en el suelo. El niño se separó de ella y echó a correr, perdiéndose entre la multitud, antes de que pudiera detenerlo.

Cuando mi bisabuelo partió de La Habana, Camilo era muy bebé como para conservar el menor recuerdo. Pilar tenía, desde luego, una fotografía de su marido, pero era añosa y lo mostraba muy joven y diferente. Además, en el muelle había muchísima gente desconocida que hacía difícil para un niño encontrar a alguien. No hay explicación racional para el hecho de que Camilo se internase corriendo en la multitud y fuese derecho y sin vacilación hacia donde estaba su padre. Camilo se detuvo frente a Manuel y lo miró fijamente y en silencio. Cuando llegó Pilar, corriendo sin aliento, se quedó muy sorprendida, pero luego comprendió que era otra manifestación del don.

Manuel recibió a su mujer e hijo con lógica emoción, pese a su rudeza, pero se abstuvo de comentar, por el momento, la novedad que había ocurrido.

En su trabajo acababan de despedirlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

De manera que los primeros tiempos de Pilar y su hijo Camilo en Buenos Aires fueron peores incluso que los peores tiempos en La Habana. Camilo me contó que debieron alojarse en un cuartucho de un conventillo miserable, en donde, durante el día, ella ganaba unos centavos curtiendo cuero en ese mismo antro, en recipientes caseros y entre irrespirables emanaciones de lejía, alumbre y otros químicos.

Después de un tiempo, mi bisabuelo consiguió que su hermano le prestara una pequeña porción del lote que había adquirido para edificar su casa, en Barracas al Sud, actual partido de Lanús. Era una zona aún poco poblada, semi rural. Pasarían muchos años antes de que Lanús se convirtiera en ciudad: prácticamente se fueron a vivir al campo. Había que caminar muchas cuadras a campo traviesa, o por calles de barro, desde la estación de trenes o desde la última parada del tranvía. Allí, en terreno prestado, construyeron su primera vivienda precaria, de madera y chapa. Al menos no tenían que pagar alquiler.

Cuando escucho los comentarios racistas de medio pelo contra la gente que vive en villas y casas precarias, pienso que los comentaristas serán hijos de ricos. Mis abuelos maternos provenían, uno, de una casilla de chapa en Lanús, y la otra, de un conventillo mugriento en la Boca.

En Lanús la afición de mi bisabuela a la bebida se vio incrementada a impulsos de la miseria y los malos tratos. Vivían de prestado, y la familia del cuñado no perdía oportunidad de patentizarles su desprecio, a ella y especialmente a Camilo, “el negrito”, el bastardito. La insolencia con que los mortificaban se desplegaba cuando mi bisabuelo estaba ausente por razones de trabajo. Al regresar por las noches, Pilar le decía:

-Tu hermano me insultó, la mujer de tu hermano me tiró al barro la ropa lavada, los hijos de tu hermano le pegaron a Camilito, le pegan todos los días cuando no estás.

 Pero mi bisabuelo no creía nada de esto, y ella se refugiaba en el alcohol. Él se consideraba en deuda con su hermano, dispuesto a admitir las acusaciones y reproches más absurdos contra Pilar y Camilo. En vez de defender a su mujer y a su hijo, les pegaba todas las veces que su hermano quería acusarlos.

 Otro motivo de disensión eran las prácticas espiritistas de Pilar. Frecuentemente hacía sesiones en su casilla. Camilo sabía que cuando su madre estaba en trance no debía acercarse; conservaba distancia prudencial, y a veces oía desde el patio las voces guturales que profería su madre, poseída por los espíritus, y otras veces veía salir por la puerta, como arrojadas por fuerzas espectrales, algunas piezas del modesto mobiliario. Estas escenas motivaban nuevos y airados reclamos a mi bisabuelo y sobrevenían nuevas palizas. Así fue la infancia de Camilo.

Al cabo de un tiempo Manuel se decidió a mudarse a otro lote cercano que había conseguido barato. Ello se debió, por un lado, a algunos ahorros que había podido hacer con la ebanistería, y por otro a la comprobación de la maldad de sus parientes. Uno de sus más insolentes sobrinos no se contentó con mortificar a Camilo; un día llegó al extremo de insultarlo al propio Manuel y escupirle la sopa que estaba tomando. Levantó al mocoso maleducado del pelo del cuello y del forro del culo y lo arrojó por encima del alambrado a un baldío vecino. Luego dijo a su hermano:

-Durante años le pegué a Camilo creyendo que lo que me decíais de él era verdad, y ahora veo que sóis vosotros los culpables; mi mujer tenía razón. Gracias por haberme prestado un pedazo de terreno, pero me voy, ya conseguí otro lote y no quiero saber nada más de vosotros.

Tarde se acordó. El daño estaba hecho; mi abuelo nunca pudo reponerse de todas las humillaciones y padecimientos que sufrió a manos de sus tíos y primos en aquella casilla de Lanús.

Pese a la mudanza, mi bisabuela siguió hundiéndose en la bebida. En los años siguientes, Manuel y Pilar engendraron otros hijos: Mercedes, a quien mi madre quiso mucho, y Manuel o Manolo, el más pequeño. Este tercer vástago estuvo marcado por la maldición familiar. A causa del alcohol, mi bisabuela dejó olvidado al bebé en su cuna, en el patio, al rayo del sol. Cuando ella despertó de la borrachera, el pobre Manolito estaba todo quemado, y, lo que es peor, sufrió una terrible inflamación cerebral de la que no se recuperó jamás, quedando mentalmente discapacitado. Yo lo recuerdo al pobre Manolo de cuando mi madre me llevaba de visita a casa de la tía Mercedes, quien se encargaba de cuidarlo en su casa. Manolito tenía la piel blanca y ojos azules; cuando lo conocí ya sus cabellos eran grises, pero seguía siendo como un niño que todavía no aprendió a hablar; se comunicaba gesticulando y tenía mucho temor al fuego; si alguien encendía un cigarrillo, la chispa o el fósforo lo aterrorizaban; era inofensivo y dulce; si no lo hubieran dejado achicharrándose el cerebro bajo el sol habría sido una persona sana, ya que su discapacidad no era congénita.

Mi abuelo Camilo solía decirme:

-Yo pude haber sido el peor delincuente. No lo fui Dios sabe por qué. Habrá sido Su voluntad. Yo tenía todos los motivos para volverme más malo que el diablo.

Y creo que no exageraba. Fue a la escuela hasta segundo grado. Su despejada inteligencia le permitió aprender en dos años más que muchos en toda la primaria. Lo sacaron de las aulas para enviarlo a trabajar como canillita. Uno de esos canillitas en que se inspiró Florencio Sanchez para su legendaria pieza teatral. Recogía los diarios bien temprano de los talleres gráficos donde los imprimían e iba a repartirlos por las calles. Las calles enseñaban lecciones muy diferentes a las aulas: lecciones de crueldad, de indiferencia. Al fin de la jornada tomaba el tren en Constitución y volvía a Lanús, donde debía entregarle las monedas ganadas a mi bisabuelo Manuel. Si llegaba a perder dinero en el camino, venía la paliza y los cinturonazos.

Un día cometió un error. Se dejó llevar por la curiosidad y las bromas de los otros canillitas. Lo habían desafiado a ir a un cabaret de mala muerte para debutar, en el Bajo, en las cercanías del puerto. Tenía once años. Las prostitutas lo esquilmaron y se quedó sin dinero para llevar a su casa.

Al llegar a Constitución estaba abatido y desesperado pensando en la paliza que lo aguardaba. De casualidad encontró en el andén a un chico amigo, un pibe de la calle, un pequeño compañero de infortunios.

-¿Adónde vas, Pepe?

-Voy al campo, Camilo. Estoy trabajando en una estancia en Florencio Varela. Vine a visitar a mi mamá y ahora me vuelvo.

-¿Y qué hacés allí?

-Ayudo con los animales y con la huerta y con todo lo que me diga el mayordomo, es un hombre muy bueno y nos trata bien.

-¿Pero hay otros chicos?

-Somos varios, algunos sin padres.

Camilo meditó un momento. Luego se animó a preguntar:

-Y si voy con vos, ¿te parece que me darán trabajo?

Ese día subió al tren de Florencio Varela con su amigo Pepe y no regresó con sus padres nunca más. Ni siquiera les avisó adónde se había ido, ni se preocuparon por buscarlo.

....

CONTINUARÁ

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