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EL JUEZ Y EL CONDENADO, por Javier Garin ("Historias del Fin del Mundo")

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    Por Javier Garin. -Emanuel Kant –dijo el Juez  por toda explicación. Distante detrás de su escritorio, el Juez tamborileaba con impaciencia sus dedos mortecinos,   grises, como polillas crecidas en la penumbra de los archivos y en las grutas polvorientas de los expedientes arrumbados. Así lo recordaba el convicto desde aquella última audiencia posterior a su condena: la cara blanca e   inexpresiva de foja numerada, a la que sólo faltaba el membrete de “uso oficial” para completar una indubitable filiación forense; el bigote tembloroso como antenas de un insecto ciego, de hábitos nocturnos; y aquellos lentes delgados de láminas de hielo, que nunca enfocaban la vida, que sólo leían la vida a través de los informes en jerga de los escribientes judiciales. -¿Emanuel Kant? –preguntó el condenado, sintiendo desvanecerse su última esperanza.             -Kant, sí –repuso el Juez con malsana satisfacción-. El imperativo categórico. Vamos, profesor. Usted lo conoce bien, es un h

LOS ÁNGELES DE LA DESTRUCCION - PorJavier Garin - historias del Fin del Mundo-

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   por Javier Garin   1             Llegaron al caer la tarde, en un automóvil curtido de kilómetros, fatigado de rutas, con manchas de libélulas en los parabrisas y olor de hierro caliente bajo el capot.             El sol se estaba poniendo al final de ese camino moribundo, que ya pocos transitaban desde la inauguración de la autopista. Era la hora en que todo concluye, en que nada puede suceder.               Mordiendo los guijarros de la playa de estacionamiento, el automóvil se detuvo frente al bar vacío.             Bajaron.             Eran dos.             El más alto vestía un abrigo de cuero. El otro, grueso y retacón, una campera de jean.             Sacudieron las piernas y estiraron los brazos como cualquier automovilista después de una larga jornada.             No había en ellos nada que diera una idea de su verdadera naturaleza o propósito. Como todo viajero, tenían la cara sucia, el pelo gris de polvo; parecían ansiar el baño y sufrir dolor lumbar