LA VEJEZ DE NUESTRA GATA, por Javier Garin.



Por Javier Garin.



Dicen los entendidos en ciencia gatuna que los gatos de la edad de la nuestra son "gatos superancianos", porque ya traspasaron con creces las barreras de su expectativa de vida. 

Sabemos hace tiempo que ella está vieja, aunque hace heroicos esfuerzos por disimularlo. No lo oculta por coquetería sino por un sentido innato de dignidad. Ella intenta mantener a toda costa su orgulloso porte, el gesto imperial, la postura de Esfinge que contempla indiferente el devenir de los siglos sobre las arenas del desierto.

Quienes no aman a los gatos no pueden comprender este rasgo de su carácter: el orgullo. Los gatos son orgullosos, y por eso no acuden desesperados a complacer a sus "amos", como hacen los perros. Ellos no tienen amo. Si se sienten heridos por el maltrato de sus compañeros humanos, simplemente se van, o dan vuelta la cara para simular indiferencia... aunque tengan su pequeño corazon gatuno destrozado... Cuando están por morir, no es raro que se vayan de la casa, a morir solos, porque su sentido de la dignidad no admite mostrar su fragilidad y su agonía ante aquellos a quienes aman. Se ocultan, como el león, como el tigre, como el puma, y mueren en soledad.

Cuando yo era niño tuve un gato que me despertaba todas las mañanas mordiéndome suavemente el lóbulo de la oreja. Me amaba y adoraba. Un día mi madre compró un perro. El gato lo vio y se sintió tan mortificado y traicionado que se encaramó al techo y no volvió a bajar nunca más. Si yo quería verlo debía treparme hasta allí. Le llevaba comida y lo acariciaba, pero algo se había roto. Y un día, sencillamente, desapareció.

Aunque estos son rasgos comunes en los gatos, cada individuo los manifiesta de manera diferente. Hay gatos juguetones, traviesos, graciosos, inquietos. Nuestra gata nunca fue así. Siempre fue majestuosa, magnífica, severa. No se aviene a jugar. Es grave, solemne y ceremoniosa, consciente de su importancia personal. Rebajarse a juguetear es algo no toleraría.

Por qué es así, no lo sabemos. Era una gata de la calle. Dormía en los techos. Robaba comida de la basura. Hasta que, poco a poco, se fue metiendo en nuestra casa. No la elegimos, ella nos eligió.

De su vida callejera sólo conservó durante un tiempo el terror a la lluvia. Cada vez que llovía rompía a llorar, pidiendo ayuda. Ecos de tantas noches pasadas a la intemperie acudían a su memoria gatuna, y lloraba. Ese era el único momento en que perdía su majestad.

Lo tierno y conmovedor de su gesto imperial, de su aire despectivo, es el gran contraste entre las ínfulas que se da y la pequeñez y fragilidad de su cuerpo. Siendo tan pequeña, ¡sería tan fácil lastimarla y humillarla! Alguien malvado podría demostrarle que es muy poca cosa con solo una patada, un grito, un chirlo... Así destrozaría en un instante su diminuta seguridad de gata soberana.

Una vez volvió de una escapada nocturna con el ojo lastimado por un piedrazo. Le costó muchos días recuperarse de la herida y volver a tener la confianza necesaria para sentirse la reina del mundo.

Es por eso que su aparente soberbia se funda en una ficcion que nos empeñamos en mantener de mutuo acuerdo. Ella simula que no necesita nuestra protección, y nosotros disimulamos que ella no es un león de la sabana. 

Este acuerdo es tambien un acto de fe. En ocasiones ella se tiende en el suelo justo en el paso y duerme. Está segura de que nunca la vamos a pisar y aplastar, ni siquiera por error.

Cuando descansa a mi lado, me sujeta con las uñas del muslo, como si yo fuera su presa. Esta es la manera en que su orgullo disimula que necesita mi compañía, que se pone bajo mi guarda.

Si nos vamos de viaje, al volver se mantiene alejada, nos da vuelta el rostro, no nos perdona que la hayamos desamparado.

Finge indiferencia, pero todo el tiempo nos está mirando. Incluso cuando duerme orienta su cara y sus orejas hacia sus compañeros humanos. Nos mira desde el otro lado de la puerta de vidrio, no para pedirnos algo, no para querer entrar, sino solamente para estar segura de que estamos allí, que no la abandonamos. Reclama migajas de nuestra comida, no porque tenga hambre, sino porque desea ser tenida en cuenta.

Ya hace mucho tiempo que sabemos que está vieja. Lo descubrimos una noche cuando no pudo bajar del techo. Siempre oíamos desde la cama sus pasos sigilosos sobre la techumbre, y luego la oíamos deslizarse hacia abajo por el tronco del árbol, aferrada a la rugosa corteza; luego se oían sus patas por la hojarasca seca del patio, y su salto a la ventana de la cocina, y al fin aparecía en la cama como un fantasma surgido de las tinieblas. Pero esa noche no. Esa noche intentó bajar y no pudo. Y comenzó a llorar angustiada e impotente. Tardamos dos horas en lograr bajarla del mismo techo que era el habitual escenario de sus aventuras.

Desde entonces empezó a rehuir toda situación que pudiera poner en evidencia su debilidad creciente, su rigidez, su reuma, su artrosis. Ella pretende en todo momento seguir siendo la esfinge inmutable y serena, pero se notan sus dolores cuando camina por las piedritas del patio, y el andar de pantera queda desmentido por los dolores de sus pies, o cuando, antes de saltar por la ventana, duda y calcula como si se tratara de un salto mortal, o cuando se acomoda laboriosamente sobre el suelo antes de acostarse, buscando la postura donde sus articulaciones la atormenten menos.

Y así transcurren sus días, en esta permanente simulacion, procurando que no nos enteremos que sufre y está débil. Se sienta con aires de emperatriz al que el mundo entero adora, y no es más que una pobre gata anciana que intenta que el mundo no lo advierta.

Decía Blas Pascal, al comprobar la insignificancia del ser humano: "Somos frágiles como una caña, la Naturaleza puede en un instante aplastarnos, pero somos una caña que piensa".  Hallaba así, en el pensamiento y la autoconsciencia, el refugio último de la dignidad humana ante la constatación innegable de nuestra pequeñez.

Como Pascal, la gata pareciera expresar con su actitud: "soy frágil como una caña, pero mientras pueda, procuraré parecer la soberana del universo".

Así es Pinky, nuestra gata anciana. No reina sobre el mundo, como ella parece creer, pero sí es la reina de nuestro cariño.

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